La chaqueta nueva

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En sus cuentos, donde claramente se observa su obsesión metafísica, el autor nos relata su versión sobre del final de Ernesto Guevara, acomoda una ingeniosa historia a un mito fantástico, y en los tres relatos restantes, haciendo gala de su estilo atrapante, nos sorprende con finales tan inesperados como desconcertantes. Sin duda un autor recomendable.

Miguel Ángel Rostov.

La chaqueta nueva

(Fragmento de muestra)
  Víctor Antonio Marchesini, jamás olvidará esa gélida y brumosa noche del catorce de junio de 1938. Aún hoy- y dada la extrema particularidad de estos sucesos realmente esta circunstancia no nos asombra-mantiene vigentes todas las emociones que experimentó por aquellos días,  nítidamente, como si no hubieran pasado ya casi sesenta años, como si hubiera guardado el recuerdo vivo y latente en una lata de conservas.

Quizá con el vano afán de corroborar la veracidad de aquellos extraordinarios sucesos  nos vemos obligados a confiarle al lector que, Marchesini, a sus casi ochenta años, mantiene una asombrosa lucidez y una memoria recóndita, y sobre todo que el hombre parece pertenecer al tipo de  individuo veraz, que habla con propiedad y con el inconfundible acento de la verdad.

En el declive ya de una tarde de un calor bochornoso y húmedo, enfrascado, no obstante, en un traje estricto y a medida, con un talante algo autoritario y con una dignidad que evidentemente la vejez aún no había podido arrebatarle, el hombre nos confió su historia en un tono de voz grave, y de un tirón, únicamente interrumpido de tanto en tanto por las moscas y sobre todo importunado por sus irremediables nietecillos.

Ahora bien, no negaremos que hemos introducido a los sucesos ciertos inevitables artilugios literarios, puesto que es el vicio de nuestra humilde vocación, pero hemos de dejar claramente asentado que no hemos falseado ni modificado ni un ápice los hechos fundamentales, y queremos hacer constar que, si es que hemos condimentado ciertos matices, no ha sido de modo alguno para adulterar las circunstancias, sino por el contrario, nos hemos propuesto retratar la historia que nos confió este hombre de un modo cabal.

Todavía corrían tiempos de sangre, malevaje y  el viento arrastraba cierto murmullo de tango por aquellos arrabales inhóspitos, en donde parecía que Buenos Aires había detenido su furiosa urbanización, dando paso a un puñado de ranchos precarios y desmembrados que salpicaban un horizonte ya campestre; a partir de esa especie de frontera, donde se insinuaba el cuchillo, el caballo, la soledad y La Pampa, las únicas monedas válidas eran el coraje y la astucia o la trampa, modalidades acaso gestoras y precursoras de nuestra desgraciada “viveza criolla”.

Todavía se escuchaban por aquí acentos agallegados, por allá italianizados, mezclados al caótico lunfardo netamente local.  Algo pendenciero, hostil, todavía rezongaba junto a las pisadas de un barro miserable, horadado en su mayoría por inmigrantes europeos que en barco  habían  trasladado sus truncos destinos rumbo a la pujante y prometedora Argentina, nación que los había recibido como una Madama de burdel.

Por aquel entonces, Marchesini era un resuelto y ambicioso muchacho de unos veinte años, un tanto hosco quizá. No era precisamente de fácil palabra, pero decía lo que pensaba sin remilgos y con precisión a todo aquel que él hubiese considerado digno de conocer sus opiniones. No carecía de cierto altruismo, pero en el fondo, al ser ambicioso, era consciente de ser una persona individualista, por lo que no desconocía que su altruismo, en realidad, no era la causa sino el efecto de sus ambiciones personales. Trabajaba en una dependencia del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires y se encontraba en esa zona ejerciendo de censor, labor que detestaba, principalmente porque cuestionaba: “Para qué hay que contarlos, si esta gente no cuenta para nadie”

La noche lo sorprendió escuchando todavía los lamentos de una anciana italiana, quien se negaba a hablar en español, y mientras obstinada como una mula, moviendo de lado a lado la cabeza envuelta en un enorme pañuelo, en un calabrés cerrado, repetía que en su familia no eran tres como figuraba en los listados, si no seis, con el claro objeto de buscar una ayuda social más abultada, algo irrisoria en un país como la Argentina, donde ya desde esa época las ayudas sociales iban a parar a los “socios” del gobierno.

Marchesini, recogía los dardos de furia y frustración que destilaban los ojos de esos inmigrantes defraudados por la nueva patria, con la misma impersonalidad con que un carnicero desmenuza un pollo. Estaba acostumbrado, o mejor dicho, resignado a su labor.

Pero el asunto es que, dado en la zona la inexistencia de transporte público por aquellas peligrosas horas, ese día nuestro protagonista se vio forzado a pasar la noche en esos bajos fondos; por lo demás, no le disgustaba demasiado la idea de sacarse los apremios corporales con alguna de las muchas prostitutas que patrullaban esas marginales soledades como hienas en la sabana africana.

No tardó en dar con la única pensión disponible en el barrio; sobre el catre mugriento y destartalado,  Marchesini se echó esperando que la noche se instalara definitivamente, mirando por la ventana un cielo denso encubriendo una luna gastada e intermitente. Ante todo el marco de la situación, vibrando la sombría energía de los alrededores, y seguramente con la colaboración del intenso frío de la habitación, el cual parecía hasta tener presencia física, a nuestro protagonista se le antojó que ahí  la noche era otra noche. No pudo emparentar la oscuridad con otra cosa que no fuera la salida de alimañas, animas descarriadas y delincuentes.

. Luego de extraviarse en pensamientos vagos y difusos-de esos que ocupan la mayor parte de nuestro pensamiento- que no lo conducían a ningún otro lado que no fuera una irrelevante dispersión, y mientras fumaba filosóficamente su tercer cigarrillo,  Marchesini concluyó que a las paredes les faltaba una mano más de pintura…
Sumido ya en esas trivialidades, concluyó también que la colcha que recubría el catre era rasposa y áspera como la lengua de un gato, y determinó que el súbito pavor que lo asaltó debía tratarse sin duda a la aparición de repugnantes alimañas de transmisión sexual, de cuyo origen desistió de percatarse.  “Quizá sean sólo pulgas”, conjeturó.
Pensó en ducharse, pero se dijo: “Para qué, si mi ropa huele, y es la única que tengo” No obstante, como si debiese probar su hombría, y ya observando su patética y tiritante desnudez frente a un espejo resquebrajado, encaró con estoica determinación esa ducha de campamento que apenas concedía un mísero hilo de agua helada como si se tratara de una limosna. En rigor, no deseaba que el sudor del trabajo se le impregnara en su chaqueta nueva; de no haber sido por esa circunstancia, jamás se hubiese planteado semejante masoquismo, el cual le recordaba cruelmente al servicio militar.
Acicalado, muerto de frío y oliendo más a jabón de lavar que a uno de tocador, Marchesini se dirigió al burdel “Insomnio”, cuya presencia y ubicación evidentemente no le resultaba para nada desconocida. Adentrado ya en esas oscuras calles de ese barrio irregular, donde ahora la noche espesa  parecía prologarse o provenir desde el fondo de un abismo, Marchesini  puso su atención en estado de alerta. Hemos dicho que Marchesini conocía ese barrio, pero precisamente porque lo conocía,  sabía que ese barrio era del todo indescifrable.
Parapetados insolentemente sobre la pared exterior del local, al amparo una bombilla roja, dos compadritos de rumboso aspecto custodiaban nerviosamente los alrededores, como a la espera de una noticia truculenta. Uno de ellos parecía tener el rostro marcado por furiosas cicatrices. Marchesini no supo si debía saludarlos o ignorarlos;  sabía, en cambio, que ambas decisiones entrañaban igual riesgo.
 

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