¿Quién es Mariana?
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En sus cuentos, donde claramente se observa su obsesión metafísica, el autor nos relata su versión sobre del final de Ernesto Guevara, acomoda una ingeniosa historia a un mito fantástico, y en los tres relatos restantes, haciendo gala de su estilo atrapante, nos sorprende con finales tan inesperados como desconcertantes. Sin duda un autor recomendable.
Miguel Ángel Rostov
¿QUIÉN ES MARIANA?
(Fragmento de muestra)
Luego de escuchar la robótica voz de la azafata aérea anunciando el inminente aterrizaje, casi instintivamente, Álvaro Nogueira volteó la cabeza y divisó a través de la ventanilla del avión, cortando abruptamente la monotonía del agua, al primer manchón de tierra de esa patria que había dejado para siempre hacía más de veinte años atrás. Se acordó de un tango que ni remotamente recordaba que sabía, pero se dijo: “Al menos yo no vuelvo con la frente marchita”.No sintió ninguna emoción en especial, ni siquiera un atisbo de melancolía o intriga, por más que era consciente de que el pasado se le estaba mezclando bruscamente con su presente, como un chorro de soda en un tinto de verano. De todas formas, Alvaro Nogueira no dejó de advertir que, tal como solía sucederle, era precisamente esa aparente y fría indiferencia que experimentaba, el más fiel indicador de que estaba sintiendo intensamente…
Nogueira era un ser esencialmente sensible, de naturaleza emotiva, pero, lo mismo que a muchos hombres de tal naturaleza, que pretenden sobrevivir haciéndose un camino en la vida, la rapacidad del mundo lo había transformado en un hombre indiferente, calculador, implacable, y no a pesar de ser extremadamente vulnerable sino precisamente por ello. Aunque solamente se dijo: “Esta línea aérea es casi tan mala como nulo es mi poder para dormir en los aviones”
Al sentir vergüenza ajena y, quizá también un poco de indignación cuando escuchó cómo un bullicioso grupo de pasajeros aplaudían al comandante por haber aterrizado el avión sano y salvo, se moderó y se recriminó como si estuviera hablando con otro: “Viví y dejá vivir”.
Ya en un taxi, rumbo al centro de la ciudad de Buenos Aires, nuestro protagonista fue detectándose ciertas agitaciones, algunos hormigueos internos y leves desmoronamientos de temperamento, que se le antojaron inmunes a su ardua tarea por dominarlos o espantarlos; perplejo, notaba que esos íntimos movimientos de su alma parecían independizados de su voluntad.
Evidentemente un intrincado compendio de emociones, el extracto más profundo y concentrado de su ser sentimental, que había reprimido durante años, estaba desencadenándose ahora como revolucionarios en un país oprimido por un tirano. Tampoco dejó de notar que, a diferencia de lo que usualmente le sucedía en todos aquellos lejanos países donde su espíritu errante lo había conducido, ahora que estaba en su tierra, le había reaparecido súbitamente su mente crítica, evaluativa, con respecto al estado de las cosas en general.
“Permanece todo prácticamente igual en todo aquello que debería haber cambiado, y está todo diferente en aquello que hubiese debido permanecer igual”, concluyó casi con rencor, al mirar los progresos y retrocesos de su ciudad natal.
“Qué raros, qué contradictorios somos los argentinos, porque precisamente por eso la quiero como jamás he querido a ciudad ninguna, y a la vez por eso no puedo vivir acá”, reflexionó, mientras iba contemplando por la ventana del taxi, cómo, lo mismo que en todas las ciudades que conocía, Buenos Aires se iba armando a medida que se urbanizaba. “Esto, sin duda, obedece a la insólita tendencia humana de centralizar el espacio en puntos fijos e inmodificables, en caóticas bocas de embudo que producen todo tipo de estragos, a la tendencia de aglomerarse y hacinarse, viviendo consecuentemente en miserables y pestilentes enjambres”
Pronto olvidó estas conclusiones, y se enredó en una espesa madeja de recuerdos y emociones que comenzaron a atravesar su mente como diapositivas frenéticas.
Nogueira había vivido treinta años en esa ciudad, y un día se marchó con la decisión irrevocable de no volver jamás. Pero ahora lo devolvía un asunto que no podía obviar ni delegar: la muerte de uno de sus padres. Disponía, claro está, de lugares donde permanecer durante su estadía, pero la soledad había convertido a Nogueira en una suerte de paranoico solterón que preservaba su prosaica intimidad a ultranza y con un recelo del todo obsesivo y sobre todo ridículo.
Eso, no obstante, no le impidió averiguar el número de una agencia de “salidas” y luego de solicitar el pronto servicio de una prostituta, se desplomó en la cama de su hotel. Las considerables ventajas que ofrecía el cambio de moneda, sin duda resultaron determinantes para que escogiera “una de lujo”. Como todo aquel que viaja constantemente, detestaba soberanamente los hoteles; entre el vaho impersonal de sus habitaciones, entre el odioso y calculado orden que conforma la decoración de estos sitios de paso, nuestro amigo errante se sentía insoportablemente solo; carencia que no dejaba de ser toda una rareza, pues en prácticamente todos los otros aspectos de su vida Nogueira llevaba un correcto matrimonio con su soledad.
“El sexo tonifica; espero que un poco de movimiento me cambie esta cara de amargado para que no me encuentren tan viejo”, se dijo, entre indulgente para con sus sentidos y un tanto escandalizado ante su intelecto, dada la extrema frivolidad de su anhelo, más si tenemos en cuenta el doloroso propósito que obligaba su regreso.
Alvaro Nogueira era un hombre de unos cincuenta años; fornido, conciso como un tótem, quizá un poco culón; ojos claros y alertas, aunque un hombre con no demasiada perspicacia bien podría haberle detectado un trasfondo un tanto vencido en su semblante; acaso por eso, él siempre se emperraba en mirar fijamente a los ojos con autoridad, como si se propusiera obligar a los demás a desviar la mirada.
A simple vista, en realidad, nada había en él de llamativo, excepto, claro, su humana insignificancia. Como ya hemos hecho notar, a pesar de su sensible naturaleza, Nogueira se había convertido en un hombre impasible y demasiado codicioso, por lo que, más allá de su éxito en los negocios, sentía íntimamente que había dejado relegado todo aquello que para él comportaba profundas significancias, por, en cambio, anteponer en su vida afanes pecuniarios que no le reportaban satisfacción alguna, es decir, Nogueira sentía la profunda insatisfacción del hombre sensible e inteligente, demandante de los más exigentes requerimientos de plenitud y armonía, que ha relegado su esencia por privilegiar lo aparentemente urgente que demanda el ego humano viviendo en sociedad.
Si bien hubieron mujeres que lograron conmoverlo más que otras, Nogueira se pasó prácticamente toda su vida fingiendo ante si mismo la piadosa comedia de que se había enamorado cada vez que lograba pasar más de veinte días con la misma mujer.
Sin embargo, en lo más recóndito de su ser él se sabía incapaz de dar o recibir amor; sencillamente porque, y vaya uno a saber debido a qué intrincado género de complejo, algo turbio, arraigado ya tanto en él como su propia nariz, obstruía su capacidad de sentir emociones, atrofiando su corazón. Lo cierto es que él- porque Nogueira era un ser consciente y sumamente lúcido, no lo juzguemos con demasiado rigor-no dejaba de advertir los estragos que le ocasionaba su impotencia afectiva, ni dejaba de notar la diferencia abismal que existe entre la desdicha de no ser amado, con la tragedia que significa y conlleva el sencillamente no ser capaz de amar.
Por otra parte, nuestro protagonista adolecía una pena sepultada en su recuerdo que laceraba lo más sensible de su conciencia, un rencor, una decepción que a veces lo consumía por dentro; había algo roto, trunco, inconcluso, que Alvaro Nogueira evidentemente le debía a su pasado… Pero, a pesar de que cada vez que reflexionaba sobre ello, esa tristeza lo hería como una daga, él ya se había acostumbrado a ello de tanto resignarse y lo tomaba como generalmente tomamos todo aquello que no tiene solución.
De la pequeña heladera de su habitación tomó una botellita de wisky, lo sirvió, y luego de agregarle dos cubitos, moviendo el vaso circularmente, hizo tintinear rítmicamente los dos hielos. Siempre lo hacía; la vibración que se desprendía de ese sonido lo apaciguaba. Desde el piso número quince del Sheraton Hotel, como un espectador, se puso a contemplar a través de la pantalla de la ventana el rostro de la ciudad de Buenos Aires.
¡Qué colección de vivencias! ¡Cuantos recuerdos! ¡Y cuantas cosas le habían pasado desde la última vez que la había visto! Y sin embargo tenía la sensación de haberse ido ayer. Qué porteño se sentía y qué extraño se sentía al sentirse tan porteño; quizá porque nunca había reparado en ello, o quizá porque erróneamente le gustaba considerarse un hombre de mundo. Todo ese vertiginoso torrente que mezclaba recuerdos, alegrías, penas, triunfos, desventuras, amores, desilusiones, se entrelazaban al unísono conformando, paradójicamente, un divagar anómalo e incierto, haciendo que no pensara en nada definido, o lo que resultaba lo mismo: por pensar en todo en general no pensaba en nada en particular. Para el tercer Whisky ya se sentía inconexo, disgregado y algo fastidioso. Tal como podemos apreciar, tenía la conciencia dispersa como los fragmentos de un vidrio roto, y no lograba unificarla hasta que se daba cuenta de ello, es decir, de su brusca volubilidad, pero, al notarlo, dado el extremo esfuerzo mental que hubiese demandado, desistía de intentarlo…
La muerte de su padre no lo había conmovido demasiado, o al menos eso era lo que él suponía; nunca se había llevado demasiado bien con ninguno de sus progenitores; al marcharse del país, deliberadamente los había enterrado en una bóveda de su memoria; desde ese entonces, es decir, desde hacía ya más de veinte años, su contacto con ellos era el estrictamente imprescindible. Cuando desde el destierro trataba de recuperar su infancia en la memoria, con plena seguridad buscando afinidades familiares para no sentirse tan ajeno a ellos, o quizá también buscando los escombros de su propia identidad, ésta sólo le concedía imágenes borrosas o fuera de contexto..
Por otra parte, el padre había padecido una larga y penosa agonía, por lo que la inminencia de su muerte había contribuido para que Nogueira pudiese hacerse la idea de que ya jamás lo volvería a ver consciente. Debemos mencionar que Nogueira no les guardaba rencor; tampoco lo embargaba la tristeza o la angustia, y mucho menos sentía melancolía. Para él sus padres habían sido lo mejor que pudieron, y aunque según su opinión habían podido más bien poco, Alvaro Nogueira estaba convencido de que al fin de cuentas él mismo no había logrado ser mejor que ellos; más aún, reconocía que él era demasiado egoísta como para consagrar su vida en la creación de una familia.
A muchos antiguos amigos les había perdido el rastro, y aunque con algunos íntimos mantenía cierta relación, él sabía que la distancia y el tiempo ya habían transformado lo que en un momento había supuesto una amistad, en un vínculo que contenía más de cordialidad por lo que había sido que afecto por lo que era.
Nogueira miraba las arterias de la ciudad sintiendo una rara dualidad: por un lado era consciente de cómo la cultura de esa tierra había colaborado para conformar algunos rasgos salientes de su identidad, pero a la vez se sentía ajeno a ella; Buenos Aires se presentaba como algo sumamente familiar, y, no obstante, se le antojaba irreal, atemporal, diríase fantasmal, como si se tratara del recuerdo de una pasada encarnación. De todas maneras no se hacía demasiados cuestionamientos al respecto, porque la experiencia le había probado no pocas veces cómo el olvido siempre se las ingenia para arrojar el pasado al cesto de la indiferencia.
Y si bien la ciudad con sus cambios de algún modo le mostraban sus propias arrugas y llagas, buscó dentro de si mismo un antídoto al que solía recurrir cuando sentía algún tipo de emoción dolorosa: una especie de objetividad metódica, que a fuerza de lógica lo ayudaba a aceptar la realidad una vez que sabía que no podía cambiarla.
Miró su maleta con cierta ironía, pues sabía que de algún modo simbolizaba su vida, acomodó su ropa en el ropero y se dispuso a ducharse. Debajo de la lluvia profusa y restauradora, cantando desaforadamente, “I cant get no satisfaction”, sintió el llamado del timbre. Se había olvidado completamente de la prostituta.
Menos fastidioso que abochornado, abrió la puerta luego de que la mujer preguntara por él y le revelara el propósito de su presencia.
-Uh, perdóneme; está todo mojado. Mal momento para llegar, ¿no, señor Alvaro? Bueno, no sé por qué será que últimamente estoy siendo tan inoportuna en todos lados; parece que siempre llego un minuto antes o uno después- aseguró ella, sujetándose un locuaz arrebato, pues era evidente que se sentía abrumada por la situación y necesitaba exteriorizar esas emociones.
No paraba de meterse y sacarse las manos de los bolsillos; sus manos parecían dos ardillas.
-Bueno, señorita, en este caso usted ha llegado veinte minutos antes, pero no se preocupe; póngase cómoda y sírvase lo que desee, que ya estoy con usted- articuló Nogueira lo más cortésmente que pudo, como si el que estuviera brindando un servicio fuera él. Se internó en el baño y se inspeccionó con ojo suspicaz. “Demacrado pero con onda”, concluyó para sí mismo o para su vanidad.
Aparte de atribuir la inquietud de la joven a una evidente inexperiencia en la profesión más vieja del mundo, a Nogueira no le pareció atractiva en absoluto. Incluso le llamó poderosamente la atención su forma de vestir: más que resaltar los escasos encantos de su cuerpo demasiado esmirriado, casi escuálido, parecía que la prostituta pertenecía a ese tipo poco femenino de mujer que, acaso para probarle al mundo que no reparan en superficialidades, le otorgan entonces una dudosa importancia a la coquetería, eligiendo la vestimenta con un criterio mucho más emparentado con la comodidad que con un estilo sexy o incitante.
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