Saqueo al espíritu

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En su primer novela, Segundo Gassiebayle se lo propone todo: la relación del personaje principal consigo mismo, con el amor, su interrelación con la sociedad de su tiempo, su visión del universo metafísico.
A la manera de Dostoyevski con su diario de un escritor, nos narra las memorias de un hombre cuando contaba con cincuenta y cinco años y trataba de recuperar al amor de su vida y sobre todo a sí mismo.
Con su literatura visceral y sin anestesia aborda magistralmente la problemática y las contradicciones de la existencia humana.

Miguel Ángel Rostov

Saqueo al espíritu

(Fragmento de muestra)
La tarde laboral concluyó rápidamente, como si se hubiera desvanecido. Me puse a contemplar el crepúsculo desde el ventanal de la agencia, ubicada en el piso quince de un moderno edificio en el barrio de retiro, fumando un cigarrillo casi redentor, tras una jornada que no había sido tediosa pero, sí, en cambio, bruscamente intensa, tremendamente exigente para mi espíritu, por lo demás…

Es que pensaba en Abril con ansiedad, ya que las circunstancias, es decir, que no me atendía, no me llamaba ni me escribía, no me dejaban que la extrañara con naturalidad, con una sustentada añoranza. Hacía ya cuatro días que ella no daba señales, y si bien su extraño silencio me inquietaba sobremanera, mi mente, acaso para templar ese terror que en vano pretendía camuflarse en impaciencia, optaba por concluir que estaría muy ocupada en Japón con su reciente trabajo de modelo; qué sé yo, que estaría muy agobiada, consumida por esa vertiginosa actividad; esa hipótesis, si bien podría ser lícita, tampoco lo era en la suficiente medida como para excusarla… ¿Para qué mentir? Yo en el fondo sabía que cualquier otra conjetura que no fuera la cierta posibilidad de que me pegara una patada en el trasero no tenía mayor sustento, pero, cosa singular, aferrado a esta suposición, digo, a la circunstancia de que ella estuviese realmente abrumada por su trabajo, entonces todas mis dudas se encontraban libres para dispersarse de mi mente, como si un verdugo les hubiera dado un permiso para salir un rato de una cámara de tortura. ¡Un poco de aire para mi mente, una tregua!.

Pero… como no terminaba realmente de creerlo, porque en realidad estaba seguro que debía haber algo ominoso, premonitorio en su inusual e inaceptable indiferencia que, repito, ya llevaba más de cuatro extensos y tortuosos días, entonces, ya para evadirme de mis miedos o para relegar esas incertidumbres-esperar sencillamente en paz a que los hechos se revelaran por sí solos en ese momento no era una opción factible para mi mente- me puse a hacerle reproches al mundo. Mirarme como una pieza más de la maquinaria social, como un engranaje más del tenebroso mecanismo del sistema, y no ya particular o introspectivamente, en aquella época resultaba un vicio recurrente y en algunos casos hasta un alivio impostergable. De alguna manera este sufrir ya no tanto en particular como un ser individual, sino como ser humano en general, dispersaba la angustia hacia otras direcciones… y en ninguna.

Por otra parte, qué cosa tan maravillosa es poder ser quien determina lo que es o no es importante… ¿Acaso esa potestad, para nosotros, seres tan falibles, no es toda una magnífica oportunidad? Desde luego que lo es. Y es más, creo que, sin un arduo trabajo  interior, personal, ni siquiera somos merecedores de analizar con nuestro escueto diez por ciento del cerebro que nos fue concedido, absolutamente nada. Porque nos fue concedido ese porcentaje inicial, para que lo desarrollemos, para que, desde el espíritu, incorporemos una visión vibratoria, astrológica, cósmica de nuestra existencia.

Pero no hemos hecho otra cosa con este don, con ese ínfimo porcentaje, que tramar subterfugios, no para aumentarlo, sino para tener razón y de ese modo sentir seguridad…es decir, para relegar el miedo o para tratar de imponer nuestras estúpidas razones sobre las estúpidas razones de los demás.

Este sin razón, este ego, esta absurda necesidad de sentirnos seguros o superiores a los demás, está acabando con cada uno de nosotros y consecuentemente con la entera humanidad y lo que es mucho peor, con la naturaleza y los recursos naturales.

Usualmente, con una exigencia que bien se le podría atribuir a un sacerdote, a un místico, a un Yogui, que desde luego no lo era, recogía y almacenaba mentalmente todo aquello-virtudes que me faltaban, defectos, carencias que me sobraban-que necesitaba desechar para llegar a un estado enaltecido de conciencia y lógicamente me frustraba, pues me hallaba en las antípodas del sitio espiritual donde todo mi ser clamaba por arribar. Por aquella época este inútil ejercicio solía repetirlo cada vez con menor esperanza y frecuencia, y con cosas personales, muy íntimas e intrincadas… afanes espirituales tal vez muy exigentes, aunque siempre creí extremadamente reveladores, por mucho que a simple vista pudieran parecer irrealizables.

Y, como dije, cuando posaba un instante el ojo sobre el funcionamiento del mundo, sobre nuestra comunidad, y sobre todo lo que todos debemos padecer en esta incivilizada civilización, entonces me enardecía y espantaba no ya solamente en nombre de mi patético papel de Martín que representaba ante mí mismo y ante el mundo, sino enteramente como ser humano.

De algún modo, sentía que no existía escape para mí, ni de lo particular hacia lo general, ni mucho menos a la inversa. Si no quería renunciar a ser ecuánime, no podía dejar de admitir que realmente todo en mí era caos, conflicto, discordia. ¿Cómo no sentirlo así, si en cuánto pretendía actuar humanamente, digo, si en cuanto bajaba la guardia y dejaba que mi sensibilidad a flor de piel comandara mis actos, al poco tiempo me sentía estafado, avasallado? Siempre me resultó un tanto perverso admitir que esa sombría interacción de un gentío de egos, espoleados por intenciones mezquinas y pasiones veladas, intemperantes, cuyo fundamento es el caos y cuyo propósito es sacarse unos a otros el dinero, con el sólo afán del mando, pudiera llamarse comunidad.

¿Cómo concebir que toda esa odisea de ambiciones y aspiraciones individuales que chocan y se contradicen entre sí,  realmente podrían vivir en comunión?

Ese tremebundo alud de un excremento conformado por la hez del ser humano, esa hiel, ese pus fermentado, una vez que se atoraba entre la basura de los cartoneros de Buenos Aires, se elevaba como una ola gigantesca y se derrumbaba casi imperceptiblemente en los corazones donde había sido engendrada. Causando mayor daño cuanto menos era descubierta, pero anegándolo todo, como un gran diluvio en llamas. Pocos merecían ser amparados, casi nadie poseía el boleto para subir al Arca.

¿Cómo aún hoy pueden existir osados (porque no son ingenuos) que afirmen que de esa muchedumbre solitaria, puedan surgir justa, civilizada y fraternalmente actitudes comunitarias?

¿Cómo se podría convivir comunitariamente, en una sociedad basada en el individualismo más extremo, en donde los demás pueden estar cerca pero son ajenos, en donde sus vínculos están fundamentados por la competencia y por el deseo de triunfar sobre los demás a toda costa y a todo coste?

Tuve la suerte y el júbilo de conocer excepciones, pero estoy seguro de que la mayoría de aquellos lobos humanos, en el caso que alguna circunstancia se los hubiese demandado, estaban abiertamente dispuestos a relegar sus principios en defensa de sus intereses materiales, sin importar que para lograrlo tuvieran que cortar cabezas; más aún, estoy convencido que algunos hasta se jactaban de ésto, como si significara implícitamente un mérito adicional al “galardón”. Aunque, al fin y al cabo, a juzgar por el resultado de sus vidas, estos vencedores también resultaban vencidos.

Vale aclarar que cuando refiero a resultado, no lo hago considerando únicamente logros materiales ni poderes sociales, sino juzgando el bienestar y plenitud que esos logros supuestamente infunden en quienes los alcanzan. Era y es evidente que estos triunfos no lograban sino exacerbar aún más sus ambiciones… si es que cabía equivalente posibilidad. “Nada ha fracasado tanto como el éxito”, dijo, creo, Chesterton…

Por eso, más allá de estas inquietudes sobre el ser humano como especie, de la manera en que vive y muere, lo que frecuentemente me parecía trascendente era mirar, revolver y resolver mi mundo interior para poder trascender mi ego y consecuentemente al mundo; por lo demás, en cuanto a lo general, a mi manera de relacionarme e interactuar en sociedad, jamás había pasado a buscar la credencial de socio de la sociedad, otorgado e impartido por gente que jamás miraba lo particular…de su propia naturaleza espiritual sino más bien todo lo contrario.

Muchos, claro está, me tildaban de contrariado, negativo; yo, por el contrario, siempre supe claramente que en realidad era-y aún soy- un ardoroso entusiasta, hasta un cándido, y sentía que el pesimismo me surgía no a pesar de eso sino precisamente por eso. Siempre supe en la última frontera de mi ser, en esa zona donde todo es intuitivo, que todo aquello aparentemente negativo que me estaba aconteciendo en esos momentos, formaba parte de mi vida, no como un síntoma de desconsuelo, desesperación, fracaso o angustia, ni tampoco como consecuentes estallidos de furia y sublevación, sino como etapas, como postas en mi irreversible camino hacia la luz.

Esta voz etérea, casi imperceptible de nuestra conciencia, cuando podía situarme lo suficientemente receptivo como para poder captarla, me permitía, como si se tratara de un rumor proveniente de otro vecindario de la existencia, o de otra región de mí mismo, valdría decir, pasarme a éste y, ahí, desde esa elevada perspectiva, contemplarme junto a toda esa variedad de acontecimientos y gente que pasaba por mi vida tumultuosamente, casi como si yo fuera apenas un espectador de mí mismo y, entonces, así, podía comprender profundamente por fugaces destellos de tiempo, lo ilusoria e irreal que resulta lo que usualmente denominamos “realidad”.

Esta maravillosa toma de conciencia, donde no intervenía ni mi voluntad, ni siquiera el más persistente de mis deseos, solía hacerla incluso con una luminosa sonrisa incrustada en la boca… Se trataba del niño interior que el mundo todavía no había podido anularme. Sabía muy bien que debía ponerme acorde a esas otras leyes superiores, las inescrutables leyes del universo, las cuales no están ni remotamente entroncadas con el concepto que nosotros tenemos del bien y del mal, de lo sagrado, místico, ni tampoco de lo terrestre, racional, psicológico, emocional y burdo, ni siquiera con el más ínfimo vericueto del yo.

Y esta enaltecida visión, que al fin de cuentas se trata de la única y verdadera realidad a la que debemos alcanzar, tanto nos guste o no, desde luego redimía en el acto mi mundano y ridículo pesar. “Sub Specie Aeternitatis”, diría, Spinoza…

Observaba aquel tropel de porteños concluyendo el día tan frenéticamente como lo habían empezado, y, francamente, sus vidas-al igual que la mía- se me antojaban una absurda milicia. Vistos desde arriba, parecían hormigas en estampida huyendo de un insecticida. Se dirigían a la estación de tren de retiro escapando hacia sus hogares. Esta desconcertada horda era mayormente conformada por hastiados comerciantes, Kafkianos oficinistas, que pasaban la mayor cantidad de tiempo de sus vidas encapsulados en impersonales oficinas, donde primordialmente realizaban tareas rutinarias, de escasa trascendencia; por agotados albañiles, empleados domésticos, vendedores y trabajadores de la más variopinta índole; algunos esclavizados en fábricas y explotados en fastuosos emprendimientos inmobiliarios; empleados de comercio, embutidos como morcillas en modernos locales, y que generalmente detestaban su anodina labor; gente en muchos casos moldeada por una educación deliberadamente baja, escasa, estandarizada y manipulados sensorialmente por todo aquello que quisieran venderles los dueños de los medios de comunicación.

Aquello verdaderamente era la enajenación, la vacuidad, el pánico, la deshumanización, el quiebre, la tensión, el ruido, la rapacidad, el desconsuelo, la desesperación, la decadencia, en suma, la sistemática aniquilación de todo lo sensible. Las luctuosas vibraciones de todo este pandemónium que afirmo, aún hoy, después de tantos años, siguen adheridas, reprimidas en las calles de Buenos Aires, como lágrimas secretas y salvajes en millones de ojos ciegos.

¿Pero es que acaso nadie notaba esto? Es que, la ansiedad y la precipitación, esos vicios tan recurrentes, ¿también tenían la facultad de cegarnos? ¿Qué cosa hace que la gente acepte y se incline ante tanto injusto fraude, ante tanta impunidad?

Y cuando menciono la precipitación, no refiero sólo al mero arrebato, al frenetismo que podría conllevar una determinada acción, alteración que bien podría provenir en ciertos casos de un desmedido fervor. No, nada que ver; esa precipitación, esa ansiedad eran harto más graves pues abarcaban la mente, el cuerpo, la conciencia y el espíritu del hombre, socavándolo con lenta crueldad, invalidándolo hasta terminar por trastornarlo, con el claro objeto de tornarlo en un obediente robot comprador de productos.

Viviendo de este modo, incluso los momentos pletóricos, esos instantes culmines que quizá ocurren una sola vez en nuestras vidas, llegan y desaparecen de nuestra existencia como pompas de jabón, sin que logremos captarlos, paladearlos en toda su dimensión.

Pero como todo sucedía tan precipitadamente, los pocos que detectaban esa “moderna” demencia, no tenían tiempo para elaborar sus propias defensas de conciencia ni modo ninguno para combinar sus antídotos personales y, entonces, atrapados por las obligaciones- algunas de ellas, solapadas formas de esclavitud- indefectiblemente debían seguir, avanzar, que generalmente resultaba incluso peor que retroceder; entre otras cosas porque obligados a atender lo urgente debían postergar lo trascendente y entonces este vacío interior inducía y conducía a la comunidad hacia la evasión; futbol, drogas, alcohol, ahora en estos tiempos, redes sociales….dispersión, evasión…consumo.

Así, al día de hoy, se separa, se pone una trinchera entre el mundo personal y el profesional de una persona, haciendo que los pocos que no quedan atrapados en la red de la evasión como moscas en una gigantesca telaraña, se sientan algo conectados con su interior, sólo los fines de semana o durante las vacaciones…en su tiempo “libre”…

Más aún, incluso creo que el término avanzar es un deliberado fraude en este caso; sobre todo en esta alienada sociedad, comandada por seres abyectos que todavía hoy consideran “de avanzada” únicamente aquello que les sea útil para lograr sus oscuros fines. Haciendo que el hombre de la calle en cambio deba retroceder, trastabillar, inclinarse. El asunto es hacerlo sentir etiquetado, evaluado, condenado o absuelto según las ridículos paradigmas de éxito que ellos mismos imponen en las sociedades, y que logran confundir a las personas para sacarlos de la autentica misión de su vida.  Entonces, con el fin de poder encajar en el sistema y no sentirse excluidos, marginados, deben adaptarse forzosamente a las normas.

Es decir, se condena a la mayoría de las personas a actuar ser otra cosa diferente a lo que son, o potencialmente podrían ser. Así, el hombre de a pie se ve obligado a desechar prácticamente todo lo que no sea del interés o al menos esté vagamente emparentado con los objetivos de esta camarilla, con su retrógrada concepción de “avanzada”, que desde luego, en definitiva, no se trata de otra cosa que una desaforada propensión por amontonar billetes y poderes sociales.

Por mucha tecnología que hubiera, por mucho que hayan cambiado los disfraces, en realidad este esquema representaba lo mismo que viene ocurriendo desde hace milenios: era observar a los esclavos y a los esclavizadores, o más bien a las consecuencias del obrar de estos últimos, puesto que esta siniestra logia, consolidada hace al menos dos siglos, permanece muy bien oculta y absolutamente impune.

Por lo que el panorama del hombre, pasaba, a mí modesto entender, por su hora más crítica. Porque a diferencia de lo que sucedía, por ejemplo, en la época de los egipcios, donde estaba perfectamente claro quiénes eran los esclavos y quienes los esclavizadores, en  todo este descalabro, cómo qué no, las tiranías y las esclavitudes aún hoy siguen siendo en nombre de la democracia, de la educación, la igualdad, -o a la manera argentina, siempre tan propensa a los insólitos aforismos: “la redistribución de la riqueza”- la rentabilidad, el orden, la civilización, el progreso, la cultura, el bienestar…y ni quiero recordar en nombre de cuántas solemnes falacias más…

Detrás del canto de sirena de la desafinada orquesta local, creada y mantenida por las veinte o treinta corporaciones foráneas que despluman, contaminan y dominan todo el mundo, yo oía claramente el fúnebre zumbido de la desolación, el escepticismo y el desconcierto, ondulando sus vibraciones por la atmósfera de Buenos Aires, como si fuera la monocorde nota de un gigantesco y macabro gong; el sonido que ilustra el inexorable drama a las que están destinadas las aspiraciones humanas, cuando están manipulados por abusivos monopolios, contaminados por un feroz e inducido individualismo, cebados por  la codicia, amparados por la competencia desleal y sujetos,-presos valdría decir- al conformismo, al confort mundano, basado principalmente en el placer, y sobre todo, regidos al supuesto orden de vida-caos regimentado-y al progreso material como único fin. Y ni que hablar de las tiranías de los Super Estados…por suerte ya casi desacreditadas en todo el mundo.

Nuevamente concluí que la civilización se había convertido en un chantaje tan grotesco como la religión, que la mejora Argentina era una escandalosa farsa, la política una ignominia, la educación impartida de esa manera no resultaba otra cosa que una forma brutal de embotamiento y castración del intelecto, y que la moral entendida o aplicada desde esa hipocresía era tan irrisoria como amoral y contraproducente.

“¿Cuál es la respuesta que tienen las políticas, las filosofías dominantes ante toda esta manifestación de corrupción, violencia, barbarie, injusticia, impunidad, intolerancia que tan descaradamente llaman un orden democrático, sea este supuesto orden de izquierdas, del centro o de derechas?”, me preguntaba, obviamente sabiendo que la respuesta sólo entrañaba otra pregunta aún más alarmante.

No viendo solución a todo aquello, tuve una incisiva sensación de impotencia y tristeza que, como dije, no estaba relacionada directamente conmigo, claro que no, sino con toda nuestra paradójica y desgraciada especie.

Yo que había sido un fervoroso creyente ante la posibilidad concreta de un ser humano superior, sentía la misma poca admiración por los supuestos triunfadores que por los condenados sociales; ya no sentía más respeto por un templo que por una prisión; no tenía mejor opinión de un juez que de un proscrito, no me interesaba más la opinión pública que un elogio de una mujer pública, no tenía más consideración por un intelectual que por un vagabundo, más confianza en las instituciones estatales que por un reformatorio, ni menos repugnancia por los políticos que por ciertas corporaciones multinacionales o los atroces narcotraficantes.

Me encontraba perplejo en estas reflexiones, en realidad ya fatigado de ellas, cuando empecé a advertir indignado que justo el monumento a los caídos en Malvinas está como subordinado, ubicado precisamente en frente a la plaza del monumento a los ingleses… Al momento en que me disponía a profundizar en esta típica paradoja argentina, Luisa de Rottemberg sorpresivamente irrumpió en mi despacho.

Entró rauda, paseando la seguridad que le confería su belleza como si se tratara de un perro faldero; pero, al mismo tiempo, su actitud denotaba esa resignación un tanto fastidiosa que caracteriza a ciertas mujeres bellas que suponen que los demás suponen que lo mejor de sí mismas se encuentra sólo entre sus piernas.

Estaba demasiado bien ataviada para la hora que era. Ciertos detalles revelaban que se había maquillado minuciosamente; supuse que no por mera coquetería, sino con un determinado propósito; se había pintado los labios con un rojo carmesí excesivamente sensual y un carbón exacerbaba sus cejas y mejillas con una delicada exuberancia, lo cual no se correspondía en absoluto con el estilo clásico y recatado que ella invariablemente usaba.

Estaba espléndida como una veinteañera, lo cual seguramente era el efecto que se había propuesto causar de antemano; nadie le hubiera atribuido los cuarenta y tres años que muy holgadamente había vivido.

Deduje que estaría esperando una visita importante o más bien infrecuente, pero sabía que no podía ser nadie más que yo…Era tarde y era un viernes; la agencia estaba desierta y Luisa muy rara vez nos honraba con su presencia. Esta certidumbre halagadora aumentó mi ansiedad por saber qué cosa era lo que se proponía, pues nuestra relación era menos enigmática que intrincada.

Tal vez debido a mis prejuicios, en un principio la catalogué como a una de esas típicas snobs porteñas que parecen venir al mundo sólo para casarse y parir críos de casta, como si en lugar de cerebro tuvieran un feto en la cabeza. Bastaba con mirar la perfecta delicadeza de cada una de sus uñas para comprender que jamás había utilizado sus manos en otra cosa que no fuera acariciar el sedoso pelambre de un visón…

Es que, más allá de mí tendencia al prejuicio ligero, en verdad Luisa parecía encarnar ese tipo de ser que ha sido enviado a la tierra con la condición de no emprender nada por su cuenta, para vivir merced al soborno de su atractivo corporal, del cual se ocupan exclusiva, celosa y obsesivamente. Y el cual, si hubiese podido,  y seguramente con mucho gusto, hubiese financiado…

Era peyorativa, altiva, preponderante. Sus ojos antiguos, de un azul mineral semejante al topacio, evaluaban con un invariable desdén; estaba espléndidamente dotada de una frondosa cabellera de un rubio nórdico, espeso y húmedo, que parecía precipitarse torrencialmente desde su cabeza hasta la altura de sus omóplatos. Tenía una nariz señorial, levemente en curva hacía la punta; se me antojaba exclusivamente diseñada para olisquear aromas exquisitos y delicados.

Era larga y casi recta la distancia entre el tronco donde nacía su cuello y el inicio de su rostro; me recordaba vívidamente a esos retratos femeninos de Modigliani.

Alta, fina, firme; su cuerpo estilizado pero proporcionado, no estaba desprovisto de soñadoras curvas. Su andar era cultivado, medido. No obstante, cuando hablaba compenetrada en algo que realmente le interesaba, al punto de despojarla de sus poses sociales, hacía bailar sus manos y brazos acompasadamente, con una gracia muy particular; yo creía detectar en esos gestos ínfimos manifestaciones de su verdadero ser, incontaminados de la educación gestual y postural que de seguro anulaba en ella toda espontaneidad de expresión.

Experta en su papel social, Luisa tenía todo un dispositivo armado de un autocontrol exhaustivo y concienzudo para evitar el gesto precipitado, una palabra de más, de menos o fuera de lugar; un movimiento ansioso o impaciente, un tono inconveniente o elevado, un demasiado rápido o un demasiado tarde. Y entre su frente sin la más leve arruga, su piel elástica y tersa y su boca incitante como un fruto siempre en flor, subyacían generaciones portadoras de un ADN estéticamente prodigioso.

No existía nada en ella, en realidad, que no pudiese considerarse distinguido. Creo que hasta un sórdido escupitajo, viniendo de Luisa, con justicia podría haber sido denominado como un “mousse de saliva”…

Y ella, supongo, me tenía por uno de esos locos inevitables que su marido necesitaba en la agencia, por uno de esos pedantes que siempre tienen algo interesante que decir, en un tono o bien pomposamente intelectual o vulgarmente callejero. Creo, además, que me tenía un poco de idea porque yo me especializaba en cortar la armonía-en realidad no se trataban más que parloteos frívolos y bostezantes- de las conversaciones en las reuniones sociales que ella organizaba para su marido, con mi presencia “extravagante”, mi nula voluntad por conservar “las formas”, o con mis opiniones tajantes, aunque, por qué no decirlo, yo intuía que dentro del callejón más oscuro de su conciencia, estas opiniones le atraían de la misma forma que la repugnaban, sin que ni ella misma fuera capaz de explicarse el motivo.

Al principio, al conocerla, momentos donde Luisa me escudriñaba con una rara especie de frialdad, distancia y suspicacia, adoptando la implícita actitud de una rigurosa jueza a la que yo sin duda estaba obligado a convencer-vaya uno a saber de qué- siempre estuve tentado a soltarle descaradamente en la cara ese fragmento de una canción de los Stones: “Please to meet you, hope you guess my name, but whats puzzling you is the nature of my game”

Así como el aire transporta invisiblemente los aromas, nuestras miradas clandestinas y furtivas arrastraban tensas vibraciones y enigmáticos resquemores. Aunque yo o mi deseo, conjeturaba que esa tirantez debía entrañar un intrincado signo de atracción…Apartando de lado esta circunstancia un tanto inconsciente, mi opinión sobre ella variaba con el propio vaivén de sus contradicciones. No pocas veces me había sorprendido con conclusiones geniales y profundas por lo sencillas y rotundas que eran, aunque debo decir que siempre contaminadas de frivolidades, y si bien daba muestras de ser una mujer sumamente exigente y demandante, también, hay que admitirlo, parecía pertenecer a ese noble tipo de ser que cuanto más excelencia exige en las actitudes de las demás personas, más resolución y prestancia pone en sus actos para retribuir al mismo nivel esas exigencias.

No obstante, no me sorprendió que Patricio, a pesar de la tremenda belleza que Luisa conservaba intacta, acabara por sentir fastidio por ella. No tanto, me parece, por algo totalmente concerniente a ella: creo que eso es lo que a veces suele ocurrirle al hombre estético y frívolo, demasiado fascinado por los portentos físicos de las mujeres, o demasiado poco consciente que “lo esencial es invisible a los ojos”.

Si de una mujer sólo o fundamentalmente nos atrae su atractivo físico, uno puede apostar que pronto el acostumbramiento degradará la percepción de esa belleza, hasta tornar ese placer estético que se reverenciaba, en algo casi imperceptible y, a esa mujer en otra como cualquiera, es decir, en algo asequible, terrestre, mundano y entonces desdeñable. Claro, hasta que uno lo pierde…pero ese es otro tema…absolutamente diferente y muchísimo más amplio, enmarañado…

Pero, como ya he dicho, yo intuía que Luisa tenía un potencial personal a pesar de la aparente insipidez de hábitos que maquillaban su vida. A lo largo de los años varias veces la había sorprendido seduciéndome y odiándome. Era consciente de que algo de mí le atraía a la vez que la incomodaba. Me gustaba decretar que su interés sobre mi persona estaba fundamentado principalmente en que ella, aunque fuera sólo en su imaginación, pretendía recuperar a través de su fantasía sobre mí o mi estereotipo, todo lo “extraño” y excitante que supuestamente se había perdido al haberse casado demasiado joven con Patricio, que era mucho mayor que ella, circunstancia que por un lado seguramente había colaborado para mitigar muchas de sus necesidades de seguridad, pero que por el otro habían postergado su curiosidad sobre quien realmente era o podía llegar a ser.

Para su imaginación yo representaba, según mi intuición, lo poco que no había experimentado ni obtenido de un costado de la vida: qué sé yo, cosas desmelenadas a las que nunca se había animado a conocer, aquellas pocas cosas que se le habían escabullido por haberse reprimido, por haber conservado a ultranza- y sin mirar ni segundo para otro lado- las típicas formas y los modismos de su círculo y que ahora pretendía conocer, y por qué no, también desarrollar…

Era evidente que en la atracción que ella sentía por mí no intervenía nada particular y característico de mi persona profunda, ni de orden físico ni tampoco, mucho menos, espiritual. Simplemente me había tomado como referente, vaya uno saber debido a qué tipo de complicado conector de su subconsciente, del mismo modo en que podía haber tomado a un pintor, a un futbolista o incluso a un chimpancé…

Y si bien yo no desconocía que en esa atracción latía un alto contenido erótico, descontaba que Luisa era una mujer fiel. Aunque con ese peculiar tipo de fidelidad constituida más por convencionalismos y represiones “del qué dirán” que por valores o por amor genuino. Debo añadir que, por más que ella se mostraba celosa de Patricio, sus celos, creo yo, brotaban desde la imposición cultural donde parten y se nutren los deberes conyugales, como por ejemplo, poner elegantemente la mesa, emitir rutinarias preguntas sobre el trabajo-cuyas respuestas se saben de antemano-, soltar preocupaciones sobre los hijos, hacer el amor de los casados dos veces por semana, etcétera… o en todo caso tenían más que ver con meros caprichos de propiedad privada, es decir, estaban más relacionados con la vanidad y el egoísmo de la posesión, que con el amor genuino.

Ella estaba al tanto de que todos sabíamos que Patricio tenía constantes aventuras con otras mujeres, y parecía que le importaba mucho más el bochorno que implicaba que nosotros lo supiéramos, que saber que su marido le jugaba sucio.

Siento aquí la obligación de decir al respecto, que la mayoría de nosotros padecemos una contraproducente manía por preservar lo que suponemos nos pertenece. Esta manía, por cierto nociva desde varios puntos de vista, no surge del amor sino del ego y del apego. Si no fuéramos tan egoístas, no temeríamos que otros tomen lo que, por el motivo que fuera, ya ha dejado de interesarnos.

De no ser por nuestra naturaleza posesiva y controladora, nos desapegaríamos de todo aquello que nos esclaviza para, en cambio, obtener algo de libertad, o de libertad condicional, como la llamo yo, puesto que la libertad verdadera, es mucho más…iba a poner profunda, pero la verdadera libertad sencillamente es mucho más libre…

Luisa ya no estaba tan enamorada de Patricio, como sí en cambio de su rol de mujer de Patricio, o, mejor dicho, de los beneficios sociales y de los réditos económicos que dicho rol le reportaba a su enorme necesidad de confort, aunque todo aquello al mismo tiempo la hastiara y la anulara por completo. Es que, para un amante sincero, es vital que la persona amada nunca se desprenda de su propia naturaleza, de su propia fragancia y pensamientos e incluso de sus secretos y zonas prohibidas y, mucho menos relegarlos para identificarse con la naturaleza del otro, porque de ese modo todo lo esencial y atractivo de ese amante simplemente se desvanece y se desmorona, y luego se desintegra, estrellándose en el ego del otro amante, hasta fundirse y transformarse en algo anómalo y tedioso, y esto era precisamente lo que le había pasado a Luisa con Patricio y por eso entendía que él se aburriera con y de ella.

Creo que dos amantes deben preservar cada uno su individualidad particular. Deben ser lo suficientemente distintos para ser dos diferentes identidades, y, a la vez, deben lograr permanecer lo suficientemente mancomunados como para conformar una unidad. Muy difícil…

Y quizá porque esa magia raramente sucede, evidentemente el tiempo de la fascinación por ser la mujer de Patricio Rottemberg ya había pasado y entraba en una revolución; Luisa ahora quería dejar de ser un bonito eco de Patricio y alzar su voz personal de mujer. Y por supuesto que la tenía. Los pensamientos de Patricio sobre su relación me resultaban tan contradictorios como comprensibles. Era muy raro que Patricio revelara algo sobre su matrimonio; las pocas veces que refería sobre el tema, lo hacía refiriendo sobre el matrimonio en general. No obstante, en algunas charlas privadas me puso al tanto de ciertos detalles que, aunque de un modo casi alusivo e indirecto, me permitieron dilucidar su concepto sobre su vida conyugal; que si me interesaba, era solamente porque lo consideraba como una persona lúcida y práctica, que percibía, analizaba y asimilaba las cosas acertadamente, y sobre todo porque en lo referente al matrimonio pensábamos bastante parecido.

El creía que sólo era posible sobrellevar la inacabable y desgastante rutina matrimonial siempre y cuando ésta estuviera acompañada de la belleza que distinguía a su mujer, y de regulares aventuras con otras mujeres. Como yo era un idealista, tenía mis reservas sobre el funcionamiento en la práctica de este liberal concepto, pero no podía dejar de admitir que, al haber pasado prácticamente toda mi vida en soledad hasta ese momento, acompañado únicamente por mujeres de ocasión, de corto y a lo sumo mediano alcance, y casi siempre sin ninguna pauta de compromiso, nada podía opinar con propiedad al respecto; cuando estaba con una mujer, al poco tiempo ya pensaba en otra; lo mismo que hace el mono en la jungla: antes de soltar una liana, primero se aferra a una próxima…; incluso bien se podría concluir que la promiscuidad es la condena de todo idealista romántico, pues resulta casi un imposible llevar ese ideal a la práctica y entonces inevitablemente se pasa de una mujer a otra buscando concretar, asir ese ideal una y otra vez…

Yo creía que podía pasar el resto de mi vida junto a Abril, pero ella había llegado a mi vida en una edad donde mis pasiones se moderaban, donde las ilusiones no me encandilaban del mismo modo que a un joven de veinticinco años, donde, por motivos personales que ya apuntaré minuciosamente en estas memorias, estaba receptivo para compartir y sobre todo estaba dispuesto a anteponer los intereses de Abril por sobre los míos; mis circunstancias en esos momentos de mi vida eran del todo particulares; por lo demás, ya había yo agotado los placeres con todas las mujeres que había podido rapiñar. Por eso es que no tomaba mi relación con ella como un parámetro fidedigno. A lo mejor porque Abril era el verdadero parámetro…de mi propia individualidad…

Patricio, quien por entonces era mi jefe, había sido primeramente mi socio, y luego se había apoderado de la agencia de publicidad en una astuta maniobra bastante subrepticia y sobre todo técnicamente ilegal, que luego brevemente comentaré.

Era un hombre que para aquel entonces estaba más cerca de los setenta que de los sesenta; sin embargo en cuanto a su edad, nadie realmente acertaba la cifra; algunos lo veían más joven; otros, más viejo; yo sólo diré al respecto que tenía la justa y suficiente.

Poseía el instinto perspicaz de un detective, aunque cultivaba la imagen de un artista, pongámosle de un Dalí.

Para estar al tanto de todos los detalles de cuanto ocurriera en la agencia, acechante, solía fisgonear en cada uno de sus rincones. Muchas veces llegaba hasta el grotesco extremo de ocultarse como un Voyeur, con el fin de observar determinadas acciones y actitudes de sus empleados. “Mejor un por si acaso que un, ¿quién lo iba a decir?”, argumentaba.

Si bien adolecía la irritante manía de interrumpir las respuestas exigiendo detalles más precisos, todas sus preguntas acerca del trabajo eran exactas y revelaban un gran conocimiento previo del tema y del interrogado; eso ocurría sin variación en cada uno de sus usuales y exhaustivos interrogatorios, los cuales realizaba con excelsa dedicación, aunque, en mi opinión, su interés estaba orientado más específicamente a los efectos y no tanto a las causas. “Y, viejo, ya se sabe que el ojo del amo engorda el ganado”, argumentaba, torciendo la boca y frunciendo la frente, de una manera teatral y sumamente cómica.

En eso se parecía al genial Alberto Olmedo. Sin que nadie se hubiese sorprendido, podría haber respondido al mote de “flaco”, pero era más bien fibroso. Su aspecto, en realidad, era decididamente anacrónico; podría haber no desentonado encarnado físicamente el hombre medio de cada uno de los dos siglos pasados, como si en su rostro y gestos se revelaran muchas encarnaciones. Yo cada vez que miraba, por ejemplo, algún retrato del siglo XVIII en algún museo, enseguida le veía un lejano parentesco con Patricio.

Mantenía, supongo yo, con presumible esfuerzo, un aspecto juvenil-aunque no de un modo efectivo y espontáneo, sino más bien ridículo- a causa de un estudiado desorden en su peinado. Sin duda, él pensaba que mediante ese intencionado caos en su cabellera, combinado con su elegante ropa a “la antigua” o “clásica”, y algún atuendo estrafalario-como por ejemplo un rosario enorme de un color violeta furioso- podría sostener la ficticia imagen de creativo “fashion”, o ese aire de artificio a el cual son tan devotos no pocos publicitarios, e incluso, haciendo ahora memoria, podría acotar que, al contrario de lo que él se proponía, existía algo demasiado majestuoso, presuntuoso en su dandismo.

Pero, más allá de su aspecto, en realidad, le cuadraban a la perfección los términos de sobrio, juicioso y prudente; tras su máscara de creativo extravagante se encontraba el implacable hombre de negocios.

Aunque en torno a él, como si se tratara del aura de un santo, pululaba un aire, una vibración que me es muy difícil de definir, pues es casi intransferible; podría asemejar esas impresiones que muchas veces las palabras no llegan a definir con plenitud, afirmando que toda su persona era magnética, iridiscente, omnímoda.

Era un mentiroso crónico, pero mentía para gustar y fascinar, no para engañar, aunque lo hacía sin vacilar si es que le era imprescindible o mejor dicho, conveniente. Más que un mentiroso podría decir que era un encantador, un prestidigitador incorregible que gracias a sus ficciones lograba infundir en los demás tal rigor ilusorio, que todos le creíamos aun sabiendo que mentía.

La elocuencia de su voz, entonada y cautivante se lo permitía, pues su musicalidad surtía el efecto de un sedante y su risa era contagiosa como un virus. ¡Cómo se reía y cómo le envidiaba esa facultad! ¡Cuánta sabiduría-aunque sea potencial- puebla el alma de quien ríe con frecuencia! Tacaño y ahorrativo, vivía con el ojo minucioso puesto en el centavo “Para no descuidar el peso”

Entre otros apodos yo lo había bautizado como “el goloso visual”, pues entraba en un éxtasis baboso cuando miraba algunas buenas campañas publicitarias por el dinero que representaban. El motivo por lo cual yo lo apodaba de varias maneras, era debido a la cantidad de facetas que conformaban su personalidad; era un ser extremadamente versátil.

En su persona se combinaban las diferentes cualidades del líder carismático y acaudillado, del artista talentoso, del negociante astuto y cauto, del emprendedor optimista y visionario, del hombre culto y refinado y hasta el del atorrante callejero.

Era alguien que cambiaba constantemente, pero que, paradójicamente, seguía manteniendo la misma unívoca personalidad integral. Siempre reconocí que Patricio era superior a mí en varios aspectos, pero ante todo debido a un factor determinante: su férrea constancia, su invariable equilibrio en el desequilibrio y su concentración, es decir, su rigurosa disciplina.

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