Hasta el final
$2.500
En sus cuentos, donde claramente se observa su obsesión metafísica, el autor nos relata su versión sobre del final de Ernesto Guevara, acomoda una ingeniosa historia a un mito fantástico, y en los tres relatos restantes, haciendo gala de su estilo atrapante, nos sorprende con finales tan inesperados como desconcertantes. Sin duda un autor recomendable.
Miguel Ángel Rostov.
HASTA EL FINAL
(FRAGMENTO DE MUESTRA)
Por un instante dudó. Pero cuando finalmente concluyó su acto, supo que había ayudado a esa mujer india menos para adoctrinar a su desmoralizada tropa, que para reafirmar en sí mismo esas mismas doctrinas a través del ejemplo.No obstante, la sensación ominosa que por unos instantes estremeció su espina dorsal, al vibrar un mal presagio en los ojos vacíos de aquella mujer, comenzó a flagelar su mente derivando en toda una sucesión de presentimientos aciagos. Y no tanto porque esa acción simbólica podría haber delatado la presencia y la posición de su tropa, como porque su alma entrevió en la escena una alegoría macabra.
Sintió que ya había vivido esos hechos, como si en esos momentos los estuviera recordando en un sueño. Sintió, detrás de ese acto ínfimo, el peso y la gravedad de algo definitivo; ese tipo de manifestación trascendental que no suele estar sujeta a la voluntad de los hombres, ni siquiera al azar, sino tal vez a la fuerza que activa, rige y desencadena toda la maquinaria de los acontecimientos. Se sintió vulnerable; luego, se sintió ridículo. Como sí él fuera otro, se ordenó terminantemente de acabar con esas vanas supercherías. Pero cuanto más empeño ponía en olvidar los ojos de esa mujer, más fervientemente los recordaba.
Cuando creyó, al ver en la mirada espantada de uno de sus soldados, que su superstición terminaría por turbar el alicaído ánimo de su tropa, vociferó una enérgica orden tratando de transmitir firmeza y aplomo. No podía permitirse una vacilación; él no se pertenecía; él les pertenecía a sus soldados porque ellos le pertenecían a su causa.
Al preguntarse si su voz había sonado espontánea, verdadera, justamente por no haber sido del todo genuina, olvidó el asunto y ante la cierta posibilidad de ser avistado por algún vigía colonialista, se internó nuevamente en la selva boliviana como un pollo bajo las protectoras alas de una gallina, aunque ésta ahora le pareció hostil e inexpugnable.
Si bien hacía ya un tiempo que secreta y penosamente deambulaban por ese laberinto vegetal, la selva no los acogía, apenas toleraba su intromisión. Un rechazo mudo, casi desdeñoso, aunque amenazador, se desprendía de cada árbol, en cada grito de pájaro, en el zumbido de los insectos y hasta en el tenue murmullo de los arroyos. Pensó que la selva guardaba la ferocidad de una bestia dormida…que en el momento menos pensado se manifestaría con resolución y furia.
De todos modos, (conjeturó) esa dificultad, esos obstáculos que oponía la naturaleza, al requerir de un riguroso esfuerzo físico para poder sobrellevarlos, impedían la angustia mental y por lo mismo promovían el valor y la autodeterminación; por lo que esas dificultades (pensó) constituían, paradójicamente, su ventaja y su fuerza.
Tal como había sucedido en Sierra Maestra, esos obstáculos que estaban diezmando física y moralmente a su tropa no tardarían demasiado en transmutarse en el temple tan vital que precisaba su causa. Una causa (él íntimamente lo sabía) que los colocaba en el umbral de la utopía.
No obstante, vio cómo la jungla se burlaba del urbano patetismo que sudaban dos burgueses que se habían unido a sus huestes evidentemente buscando la gloria personal y la mítica aventura, acaso por las enormes resonancias que él había obtenido con la exitosa revolución cubana.
No refulgía en sus miradas el fuego sagrado de un ideal, ese fuego capaz de convertir a un apagado y sumiso campesino en un estoico y sanguinario combatiente, sino que detectó en sus ojos que el desconcierto comenzaba a empañar la esperanza de victoria, notando que la fe que sostenía tal esperanza, se estaba diluyendo como azúcar en el agua.
Advirtió al instante el peligro que entrañaba la conducta de estos dos potenciales desertores, pues no desconocía que bajo esas circunstancias la falta de fe puede convertirse en una fe arrolladora y sumamente contagiosa, diríase infecciosa.
Impartió una orden, y cuando quedó a solas con aquellos dos torpes ciudadanos, los ajustició casi con indiferencia.
Sin sentir el mínimo remordimiento, comunicó los hechos al resto de la tropa como quien comenta un suceso cotidiano; pero el alarido de una amenaza subyacía detrás de la voz pausada del comandante. Notó, que sin quererlo ni sospecharlo, esos dos hombres al fin de cuentas no sólo se habían inmolado por el ideal, sino que además habían servido como ejemplo para infundir el deber y el rigor que precisa toda disciplina, y una sonrisa cínica y encarnizada se le incrustó en la boca.
La viril audacia, la ambición y acaso el instinto de supervivencia, ahora apresuraba los pasos de sus hombres, que laboriosamente ultrajaban con sus machetes la ancestral virginidad de la jungla. Una jungla que él amaba porque lo conectaba con su instinto más primitivo, salvaje, esencial; instinto que acaso juzgaba como el más genuino y representativo de su temperamento.
La noche cayó como una muralla sobre la jungla. Estricto, Guevara prohibió encender toda insinuación de fuego o de luz, y ordenó un absoluto silencio. Nadie dijo una sola palabra, pero el hambre martirizaba las mentes de cada uno de sus hombres. Guevara se sentía inquieto; desconfiaba de las fuerzas de su tropa, o su confianza se basaba principalmente en la inoperancia del ejército boliviano. No obstante, reconoció que sólo durante el combate un soldado puede descubrir y demostrar su valía.
Extremó los recaudos, impartió las últimas órdenes y se dispuso a escribir en su cuaderno de notas. ¿Cómo escribir sin luz? Rió de si mismo, se echó en el suelo y se puso a contemplar las dos únicas estrellas que el follaje de los árboles no obstruían. Titilaban lejanas y remotas, inaccesibles, como dos amores imposibles. Pensó que guardaban la exacta relación de distancia que mediaba con respecto a la actualidad de su empresa y su objetivo final: la liberación de Argentina.
Claro que no quiso reconocérselo, pero sintió que esa vez su idealismo era inmensamente ingenuo, absurdo. De todos modos, él ya era todo un experto en elaborar antídotos interiores para despejar derrotismos y desánimos. Para sostener ese presente incierto, calamitoso, casi ficticio, no tenía más que aferrarse a los recuerdos del glorioso pasado. Todo aquello que había sido podría volver a ser; había un antecedente que probaba la factibilidad de consumar un sueño, y de ese antecedente se nutria la terca esperanza de Guevara.
Escuchó o creyó escuchar un ruido sospechoso a unos cien metros de distancia entre donde debería estar apostado un guardia y el inicio de esas peligrosas soledades. La adrenalina comenzó a encender la mecha de su espíritu beligerante. Como una serpiente, se deslizó hasta uno de los puestos de vigilancia que había ordenado instalar.
-¡Alto!, ¿quién vive?- gritó el tenso terror del vigía, resonando en el silencio de la jungla como un disparo. Cada pequeño ruido retumbaba como un gran trueno, e interrumpía súbitamente el monocorde telar de sonido que tejían los grillos junto a otros miles de insectos y animales de hábitos nocturnos. Apareciendo fantasmalmente por detrás, Guevara invalidó los dos brazos del vigía y le hizo sentir el filo de su cuchillo en la garganta.
-Si no dispara, el que dejará de vivir será usted; todos sus camaradas están alertados de su posición. Recuerde que sin la previa señal usted debe jalar el gatillo sin dudarlo, ¿me oyó claramente, soldado? ¿Sabe bien de qué señal le hablo? ¡Conteste, carajo!- susurró Guevara, aunque articuló la boca furiosa como si estuviera gritando hasta la afonía.
-Sí… sí, mi comandante…pero, pero, ¿cómo saber si no se trata de un animal? Recuerdo que usted prohibió todo sonido delator-
-¿Soldado, para qué tiene los ojos y la nariz? Usted debe anticiparse, debe olfatear y escuchar cualquier presencia antes de tenerla en la mira de su fusil; usted tiene que descubrir, no ser descubierto, y para eso debe poner los cinco sentidos en estado de alerta. ¿Me ha comprendido, soldado?-
Dos días pasaron prácticamente sin variación. Al tercer día, quizá intuyendo la inminencia de un combate, Guevara apeló a la retórica Marxista en un intento por arengar a su tropa. Su discurso estuvo sostenido únicamente por su gran autoridad oratoria; la atención de sus soldados estaba dirigida hacia él y no hacia lo que él decía. Por el contrario, el significado de esas ideas, que ya todos sabían de memoria, resultaba un fraude en medio de aquel entorno cruel y sofocante.
En medio de todas aquellas penurias físicas y espirituales, los conceptos Marxistas producían el mismo grotesco efecto que, por ejemplo, podría producir el discurso de un candidato Norteamericano en un templo Budista…
Guevara lo percibió claramente; rechazó el recuerdo del fulgor en la mirada de los campesinos cubanos cuando él o Castro les hablaban, porque la sola comparación le resultaba tortuosa. Sin embargo, no pudo dejar de admitir que existía una diferencia abismal entre unos y otros, ni tampoco pudo dejar de temer que era justamente esa diferencia la que prácticamente les ponía un pie en la tumba.
Eran muy pocos los nativos bolivianos que le acompañaban y eso podría resultar mucho más fatal de lo que había previsto. Así que, paseándose como un mariscal de campo, y en el tono solemne de las grandes ocasiones, pero omitiendo concienzudamente la elocuencia retorica, Guevara comenzó a vociferar con el enfatismo persuasivo que lo caracterizaba: “Para sortear las tamañas adversidades que estamos padeciendo, señores, tenemos que estar determinados no sólo por un ideal con el cual comulguemos, sino que debemos sentirnos movilizados a la acción por un indeclinable sentimiento de rebelión ante todo aquello que oprima nuestras almas directamente. Sé bien que si no se siente en la propia cabeza el peso de la bota colonialista haciéndonos morder el polvo, entonces se necesita estar dotado de un prodigioso espíritu de confraternidad; uno debe llevar en el alma un gran sentido de altruismo al punto de poder sacrificarse por los demás.¡Es que acaso ustedes no lo tienen! Ustedes en su gran mayoría no han nacido en esta tierra, lo sé; pero señores, ¡Latinoamérica es nuestra tierra! Es por la propia patria de cada uno, es por los propios hijos y amigos por quienes estamos peleando; hoy es Bolivia; mañana será el país de cada uno. De todos modos no se trata de meros nacionalismos; es por la dignidad, por la libertad del ser humano por lo que estamos combatiendo; es contra la tiranía, contra la opresión, contra la injusticia que nos estamos rebelando. No pelearemos contra el ejército boliviano, ellos no son más que títeres; pelearemos contra el poder monstruoso que concentran unas cincuenta empresas en el mundo, a los que sólo les importa imponer sus leyes con el objeto de mantener la supremacía económica. Pero el caos ya ha llegado demasiado lejos como para que en algún momento no tenga que comenzar a retroceder. ¡Y ese momento ha llegado! El mundo entero clama por un cambio. Y Latinoamérica necesita hermanarse para dejar de ser invadida. ¡Es que acaso no lo ven! Tomen conciencia de ello, señores, porque es eso lo que debe constituir el impulso primero, la semilla del cambio en cada uno de nosotros. De lo contrario, señores, no quedará más remedio que admitir eso que dijo no recuerdo quien, pero que decía algo como que una revolución no es otra cosa que cambiar una tiranía por otra… Ahora bien, ¿están realmente dispuestos a morir por todo lo que acabo de decir?-, ¡Contesten, carajo¡”
No referiremos a cómo su tropa fue letalmente eliminada, ni tampoco detallaremos los pormenores de cómo Guevara fue capturado; de eso ya se encargó la historia, e incluso de exagerar y falsear esa historia ya sobradamente se encargó el mito. Todo cuanto acá nos interesa es describir las horas últimas de un hombre.
Compralo ahora!
Donaciones
Este proyecto se sostiene gracias a la contribución de todos ustedes.
Gracias por eso.
Dicho esto cualquier colaboración que quieras realizar será bienvenida y muy bien aprovechada.