Bio
Como aquí se trata de dar a conocer mi relación con la literatura, para que el ocasional lector sepa quién demonios es este ignoto autor, abordaré una tarea que, si me disgusta, no es tanto por su propósito, sino por los escasísimos resultados hasta ahora obtenidos: venderme a mí mismo.
La verdad es que siempre me gustó creer que tenía facilidad para escribir, pero, aunque siempre he tenido orgasmos con el diccionario, lo cierto es que comencé resueltamente a hacerlo ya pasados mis veinte años. Antes de eso, si bien tenía el vicio de desparramar frases por aquí y por allá, más que gustarme escribir lo que realmente me acercaba a la literatura era la superflua identificación con la elocuencia y la personalidad de algunos escritores.
Por aquella época, siguiendo la férrea y piadosa tutela y consejo de un amigo-el poeta Javier Tanoira- que me instaba a leer y a escribir, comencé, primero, a leer casi ferozmente. Me subyugaban los sofisticados adjetivos de Borges, la magia de Cortázar; me conmovía la tortuosa profundidad de Sábato y la insolencia de Henry Miller; admiraba la penetración psicológica de Dostoievski, la aristocrática gracia de Adolfo Bioy Casares y, Henry James y Herman Hesse se convirtieron por unos años en autores imprescindibles para mi ávido intelecto.
Pronto, dejé mi profesión de publicitario colgada para siempre en una percha y, prácticamente me fugué a una precaria casa en medio de un bosque, con el impostergable propósito de empezar a escribir, costara lo que costara. Si bien al haber vendido mi parte en la agencia tenía algún dinero como para solventar esta misión, no tardé mucho en tener que volver a trabajar, es decir, a dejar de escribir, pero pasé casi dos años escribiendo torrencialmente… Sin duda, de no haber mediado la necesidad del sustento económico, creo que, después de casi tres décadas, todavía permanecería ahí, instalado entre libros y esa cruda y maravillosa porción de naturaleza.
Esto último lo comento, porque desde que empecé a escribir la novela y los cuentos ya han pasado casi treinta años; por largos períodos, me vi obligado varias veces a interrumpir esta edificante conexión, para volver a retomar y así sucesivamente; nunca fue por otra cosa que por los avatares que a casi todo mortal le depara la existencia. Para enumerarlos, tal es su profusa diversidad, haría falta escribir otra novela que, sospecho, ya postergaré para la próxima encarnación.