Jordi Puyol

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En sus cuentos, donde claramente se observa su obsesión metafísica, el autor nos relata su versión sobre del final de Ernesto Guevara, acomoda una ingeniosa historia a un mito fantástico, y en los tres relatos restantes, haciendo gala de su estilo atrapante, nos sorprende con finales tan inesperados como desconcertantes. Sin duda un autor recomendable.

Miguel Ángel Rostov.

JORDI PUYOL

(FRAGMENTO DE MUESTRA)

En realidad, poco sabían el uno del otro; pero llega un momento en la vida de los hombres en que, vaya uno a saber debido a qué tipo de ancestral instinto de la raza, un hombre y una mujer precisan establecer el vínculo que une a sus almas mediante una autorización legalizada, con el objeto de que esa unión sea socialmente reconocida y aceptada.

Trataremos en lo posible en no ahondar demasiado en la imprevisible conducta humana, y sólo nos internaremos lo necesario en la intrincada jungla que constituye su psiquis.

Apartando el estado de sublime enamoramiento, que al principio de una relación generalmente confiere la poderosa oxitoxina, debemos mencionar que, por más que ellos creían o querían creer estar plenamente enamorados, la verdad es que ella lo quería para que él la quisiera, que él estimaba mucho la manera en que ella lo quería, y que ardientemente esperaba que ella “retribuyera” su estimación…

Corría el año dos mil uno; siguiendo con el pavoroso éxodo de miles de argentinos que emigraban de un país que no lo era, como golondrinas de alas rotas, ella había decidido instalarse en Barcelona, ciudad natal de él, y lugar donde además de haber nacido su amor pretendía desarrollarse y entronizarse.

Ahora bien, como en general la mayoría de los argentinos que invadían España eran de bajos recursos o en su defecto personas de clase media con el apremio de encontrar los medios necesarios para canalizar y desplegar sus aptitudes profesionales, es necesario destacar que Victoria provenía de una familia de clase acomodada. En lugar de huir de Argentina, tal como lo hacía la inmensa mayoría, ella se había trasladado hasta Barcelona, cosa absolutamente diferente. No eran precisamente la necesidad y la frustración quienes la habían impelido a realizar un cambio, sino el imperioso afán de encontrar un ámbito social y cultural que se correspondiera con la refinada educación que había recibido e incorporado, y de relacionarse con gente del primer mundo con la cual ella siempre se había identificado.

En rigor, ella en un principio había elegido París, pero una amiga suya muy bien se encargó de destacar las virtudes de la ciudad condal, y, si bien ella dominaba el francés como Simone de Beauvoir, íntimamente reconocía que le agradaba hablar en su lengua, posibilidad que resultó determinante en su elección, por más que sabía cómo los catalanes se emperran en preponderar el catalá por sobre el castellano.

Estaría cometiendo un grueso error quien adoleciera el prejuicio de catalogar a las personas en estereotipos, y pensara que Victoria era la típica snob sudamericana, es decir, de esas personas que creen pertenecer a una estirpe superior, que se avergüenzan de su origen criticando arbitrariamente todo lo concerniente a sus raíces, aplaudiendo incondicionalmente todo lo europeo; de esas mujeres superfluas y sumamente inseguras que miden el éxito de la vida de acuerdo al marido que consigan, o mejor dicho, de acuerdo a la vida que algún hombre pudiera conseguirles. Nada de eso; su necesidad de superarse y expandirse era legítima; sentía una genuina necesidad de imbuirse y de enriquecerse de todos esos ingredientes de avanzada que sólo la vieja Europa es capaz de conferir, esa vitamina cultural que tanta fertilidad encuentra en ciertas mentes americanas.

Victoria era una joven apacible, atractiva, de una belleza etérea y refinada, como de orfebrería, que se potenciaba notoriamente con la distinción con que vestía, y sobre todo con una modestia que asombraba y que lucía en su figura como una perla en un anillo. Su portento físico quizá no impactaba a primera vista; conquistaba lenta pero inexorablemente, y no sabemos si está demás añadir que en la delicadeza frágil de sus rasgos subyacían siglos de señorío.

Era culta y competente, y a diferencia de quienes ostentan estas facultades, estaba dotada de un carácter tolerante, discreto; sus modales estaban caracterizados por una suave amabilidad  que utilizaba para dirigirse a los demás, y vale destacar que era perfectamente consciente de sus virtudes, las cuales con soltura hacía valer.

Su sensibilidad era inteligente, por lo que era consciente de aquel espíritu que no se hubiera vinculado con la esencia de todas las cosas existentes, -aunque más no fuera de la manera más efímera-  carecería de identidad y consecuentemente de diversidad de criterio; su variedad sería entonces mera dispersión; su visión carecería de perspectiva, de profundidad, de altura, de sustancialidad y de multiplicidad, carencia insalvable que le impediría innovar, crear, proponer, combinar, mucho menos podría expandirse e independizarse La posibilidad de padecer estas privaciones la espantaba, y, aunque a veces lo hacía precipitadamente, huía de lo chato y establecido como de un incendio.

Si bien no había tardado demasiado en conseguir trabajo-era diseñadora de modas- sus padres le mandaban un “apoyo” desde Argentina, sustento que les permitía tanto a Victoria como a su inseparable amiga residir en un coqueto “studio” en el Borne, con vista a la catedral de Santa María del mar, y a concurrir a cuanto evento social se les antojara.

Dominaban las callejuelas del gótico con autoridad, y sus ojos ya habían hipnotizado prácticamente todos los museos, especialmente el Macba, pues en determinadas partes del Raval su nostalgia les hacía encontrar ciertas reminiscencias con el barrio de San Telmo.

Habían explorado la zona alta, desde San Gervasio, Sarriá, Pedralbes, el Tibidabo, hasta la zona que los catalanes denominan Eixample. En suma, tanto ella como su compañera, si bien estaban lejos de conocer con propiedad cada rincón de la ciudad, tampoco se perdían con perplejidad de turista.

Victoria, fascinada, vivía un romance con Barcelona, y aunque todavía no congeniara con los catalanes, sentía para con ellos una rara afinidad. Antes de conocerlo a Jordi no recibía menos de dos invitaciones semanales para cenar, las cuales denegaba casi siempre, sin saber bien por qué. Victoria podía percibir en los catalanes elogiables cualidades humanas. a pesar del formalismo rígido, del trato hosco y de la forma un tanto tajante con que los locales suelen proclamar sus opiniones. Detrás de la falta de simpatía de los catalanes, Victoria creía ver ese tipo de sinceridad brutal que fluye en quienes llaman las cosas por su nombre y no buscan la aprobación de los demás, aunque es es verdad que le incomodaba la descortesía de tener que pagar la mitad de la cuenta cuando cenaba con un caballero; le parecía una falta de caballerosidad, por más que esa curiosa costumbre estuviera establecida y fuera lo corriente en casi toda Europa.

Y en su fastidio no había ni una traza de avaricia, sino que como toda latina, su corazón conservaba a ultranza cierto romanticismo por considerarlo elemental entre un hombre y una mujer. Le habían advertido que los catalanes eran secos, cerrados, desconfiados, y si bien de acuerdo a su propia experiencia podía corroborar tales consideraciones, Victoria estaba convencida que los poseedores de ese tipo de carácter y no otros, son en realidad los que atesoran nobleza espiritual, franqueza y respeto por la palabra dada, y sólo ante los demasiado encantadores ella instintivamente cerraba la confianza de su simpatía.

Tal vez por eso ella siempre había sospechado que tarde o temprano conectaría con un catalán. Y eso ocurrió después de más de un año de residir en la ciudad, una noche en que a regañadientes aceptó una invitación para asistir a una selecta reunión privada.

Le habían hablado de Jordi, y aunque el escepticismo ya ocupaba un considerable espacio en su predisposición, le gustó el nombre. Antes de que se lo presentaran, supuso que era él. No le pareció feo, aunque sí un tanto desaliñado, y detrás de sus ojos vigilantes creyó entrever alguna reprimida dulzura o acaso cierta vulnerabilidad.

No le gustó que fumara marihuana, menos de la manera descarada con que él lo hacía, pero, resignada, lo atribuyó a que ese vicio era ya casi un rito inevitable entre cierto círculo de gente. Tampoco le agradó al principio el excesivo énfasis que él ponía en sus observaciones, pero pensó que esa forma de expresión estaba directamente relacionada con una exagerada apreciación de su persona, manía casi inevitable (dedujo) que adolecen los jóvenes demasiado inteligentes, como si la inteligencia y la arrogancia fueran inherentes.

No obstante, y con una ambigüedad netamente femenina, no tardó en que le gustara lo que aparentemente le disgustaba. De pronto se le antojó que Jordi hablaba magníficamente, con firmeza. Sus ocurrencias le parecieron ingeniosas, tal vez agudas, y quizá se hubiera reído con más espontaneidad, si dos catalanas que evidentemente se lo disputaban no hubieran festejado cada cosa que salía de su boca de una manera tan grosera. No cruzaron palabra; Victoria sabía que eso significaba que deberían tener mucho por hablar, ya que, lejos de establecerse la indiferencia entre los dos, en más de una ocasión habían tropezado sus miradas con un detenimiento y una insistencia inusual.

De todos modos, al otro día, al despertarse, Victoria tuvo la impresión de que la seguridad con que Jordi deslumbraba, si es que en realidad no era un fiasco, en el mejor de los casos sería una postura adoptada para ocultarse a si mismo una inseguridad que acaso lo flagelaba, pues se le antojó que la vanidad de él, tal vez indirectamente, procuraba que se le reconociera como una mente excepcional, circunstancia que evidentemente ni él mismo llegaba a considerar.

Aunque, claro está, no precisó esas impresiones de un modo tan analítico, sino que simplemente se cuestionó: “No sé bien qué le vi. Sin embargo, tardó bastante en sacarlo de sus pensamientos.

Dado que tanto en la gestación como en la culminación de todo proceso sentimental, movimientos subconscientes corren detrás de la conciencia, como ríos subterráneos debajo de la tierra estéril, y consecuentemente los involucrados tienden a omitir la objetividad, debemos tomar con pinzas las impresiones de Victoria, por lo que nos vemos obligados a describir ciertos rasgos que caracterizaban la personalidad de Jordi, al menos en aquellos momentos y bajo esas circunstancias de su existencia.

Jordi provenía de una tradicional familia catalana de clase alta venida a menos; la típica que se esfuerza por conseguir los avales económicos suficientes como para mantener las apariencias de antaño. Pero más allá de ese declive financiero, y sin duda debido a la prosperidad que florecía en Europa, Jordi había sido educado como un príncipe y vivía a costa de sus padres, con todos los estragos de personalidad que esta circunstancia implica y conlleva, ya que, como se sabe, son las adversidades, los impedimentos, los que forjan el carácter de un hombre y consecuentemente le confieren una identidad.

Cuando todo es fácil, accesible, instantáneo, la voluntad de un individuo se achancha y se atrofia. Y si recalcamos esto, es porque la naturaleza de Jordi era esencialmente intensa, sanguínea, combativa, y entonces poco podía desarrollarse en aquel ámbito donde todo estaba organizado, ideado e impuesto por otros. Ese inexistente campo de acción, esa imposibilidad por desarrollar sus rasgos más diferenciales, en suma, esa inacción o esa parálisis, le roían por dentro como gusanos a una fruta ya podrida, y lo convertían en un refractario tan insolvente como demagogo.

En la organizada y pujante Barcelona se sentía frustrado como un caníbal desdentado. De haber nacido en San Sebastián se hubiera convertido en un militante de la ETA. De haber nacido el algún país sometido bajo las arbitrariedades de un tirano, sin duda que sus inquietudes altruistas, sus floridos ideales, sus necesidades de trascendencia y sus afanes de dominio hubieran encontrado el rumbo de una meta en común.

Más que reservado era huraño, aunque la elocuencia de sus buenas intenciones se encendía si él veía que disponía de un público receptivo que pudiera apreciar su descollante dialéctica, y mucho más si ese público estaba constituido mayormente por presencias femeninas…

Era arbitrario y le gustaba imponer sus opiniones, pero de algún modo se las ingeniaba para que los demás lo tuvieran por un hombre que no por ser resuelto dejaba de ser medido, dotado de ese peculiar tipo de entusiasmo que no está reñido con la prudencia.

En realidad su vehemencia constantemente lo hacía inmiscuirse en asuntos que no le concernían en absoluto, con el supuesto fin de darle a los hechos una interpretación certera. Y aunque con suma frecuencia no hacía más que entorpecer y confundir, ensayando toda clase de insólitos puntos de vista, a la gente le gustaba creer que él era un genio, una suerte de clarividente.

No, no, ni siquiera era un comediante astuto, al más puro estilo de un político; sólo sucedía que había logrado dominar su ímpetu mediante un deliberado esfuerzo de sentido común, pero uno no tardaba en darse cuenta que sus fundamentos eran tan inciertos como la economía argentina, y que cierta volubilidad mental le confería una vena poética a la mayoría de sus gestos.

Ahora bien, él era por demás inteligente como para tragarse la imagen que los demás tenían sobre su lucidez, aunque también es cierto que íntimamente se juzgaba con un rigor excesivo, ante todo si tenemos en cuenta que apenas contaba con treinta años. Bajo la lupa severa con la que acostumbraba a juzgarse, lógicamente, se veía como un vago frustrado de tantas buenas intenciones, como un charlatán elocuente de una escasa capacidad de acción y de una nula iniciativa, como un ingenuo soñador, pero sobre todo Jordi se veía como un farsante.

Notaba con claridad que la inmensa mayoría de sus ideales no estaban movilizados por un sentido de humanidad, como a los demás les gustaba suponer y como él mismo se encargaba de que los demás supusieran, sino que su altruismo estaba contaminado por un incontenible anhelo de reconocimiento, es decir, se sentía un ególatra.

Pero, salvo contadas excepciones, a Jordi todos los hombres le parecían farsantes, ruines, miserables, grotescos, por lo que, ante semejante consideración de la raza humana, la deshonra que sentía por considerarse un fraude se atenuaba, pretendiendo justificarse en que, él, al menos, tenía el decoro de reconocérselo, aunque sólo fuera íntimamente.

En suma, podríamos afirmar que se sentía un hombre inconcluso, y que su arrogancia le fluía no a pesar de ello sino precisamente por ello. No obstante, y como el lector seguramente convendrá, era justamente esa cruda conciencia que tenía de si mismo o de su miseria personal lo que podría redimirlo de ella; era esa misma inquietud quemante la que podía exhortarlo a realizar un cambio para  que de una vez por todas lograra sentirse un hombre pleno; tenía clara su confusión, y eso no es poco para un mundo atestado de hombres que aparentemente lo saben todo, evidentemente menos para qué viven, y que supuestamente todo lo pueden, menos, lamentablemente, con sus propias vidas.

Acaso debido a esa imprevisible concatenación de sucesos dirigidos por un dedo superior, que a muchos les agrada llamar casualidades, coincidieron en otras dos reuniones más. Tampoco en ellas se dirigieron la palabra; cuando naturalmente se daba la ocasión y cada uno por su cuenta finalmente se atrevía a tomar la iniciativa, sus ojos se adelantaban a las palabras y se decían las cosas mucho más claramente. De algún modo el silencio los había comunicado de una forma más franca, íntima y reveladora.

Y eso lo notaron claramente, pues cuando al fin hablaron por primera vez, además de sentir que ya se conocían, entablaron esa típica conversación ligera y superficial donde todo lo que se dice es convencional, por lo tanto, falso, y en donde todo aquello que se calla es generalmente verdadero.

No sin esfuerzo Jordi consiguió el número del móvil de ella; la llevó a cenar a uno de esos restaurantes románticos aptos para las proposiciones delicadas o para las reconciliaciones. Se sentaron en la mesa del fondo que conservaba cierta penumbra, lejos de la mirada de Dios.

Las mesas estaban bastante separadas entre sí, de manera que garantizaban la mayor reserva. Bajo la luz de las velas reverberaban todo un catálogo de antigua cristalería y se podía adivinar un refinado decorado de fondo entre las coquetas penumbras.

A él principalmente lo subyugó que, aunque Victoria era plenamente consciente de la admiración que su belleza y su encanto provocaban, e incluso sentía orgullo por eso, esa vanidad que instintivamente le afloraba como un jazmín, era inmediatamente corregida por su natural recato y pudor; acaso porque ella (conjeturaba él) deseaba que su cuerpo y su alma sólo fueran admirados en la intimidad por el hombre que amaba. Jordi adoraba la belleza femenina muy especialmente, pero detestaba soberanamente a aquellas mujeres desenfadadas que se mostraban provocativas y complacidas por las miradas extrañas, salvo, por supuesto, cuando esas miradas eran las suyas.

No le costaba en absoluto ganarse el favor de una mujer, y por eso en cierta medida las desdeñaba, aunque, cosa digna de observación, nunca había sido correspondido por aquellas mujeres que, según su criterio, reunían las condiciones elementales para que toda su potencialidad de hombre pudiera expandirse en el mundo, como una enredadera en una jungla.

Podríamos decir que sólo era correspondido por aquellas mujeres que incentivaban el crecimiento de sus deseos más elementales…

Jordi siempre había precisado de una mujer que resumiera en sus modos, gestos, en el estilo de belleza de sus rasgos y en su forma de desenvolverse en sociedad, todo el carácter y la distinción de la clase social y cultural desde donde provenía; acaso porque al igual que nuestro Jordi, no son pocos los que consciente o inconscientemente buscan en las cualidades de su pareja su propio significado e importancia.

Le gustaba mucho que la conversación entre ellos fuera reciproca, profunda, sostenida; le sorprendió sobremanera que ella no hubiera caído en un vicio el cual a fuerza de generalizarse ya juzgaba prácticamente como un atributo de su generación: confundir libertad con no responsabilidad, confundir libertad con independencia económica.

Valoraba que Victoria tuviese convicciones firmes, arraigadas. Le daba la grata impresión que Victoria era una mujer coherente en todo aquello que a él le parecía válido serlo, y los leves aunque intensos arrebatos de exageración que él detectaba cuando ella defendía su posición en la existencia, no sólo no alteraban el concepto de coherencia que le atribuía, sino que potenciaban dicha impresión.

Le agradaba muy particularmente un no sé qué de armonía que se desprendía de ella, una serenidad de sabio que transmitía con sólo posar sus ojos sobre quien la mirara, aunque, como Jordi desconfiaba instintivamente de casi todo ser humano, creyó descubrir que su serenidad encubría cierta innata propensión a tomarse precipitadamente las cosas.

“No debe ser natural; debe ser un correctivo; y hay que ver si puede mantener en el tiempo esa serenidad casi beatífica que irradian sus ojos. De todos modos son muy pocas las cosas intensas que logran ser extensas en el tiempo. La constancia y la intensidad no suelen ir de la mano”, concluyó.

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