La carta
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En sus cuentos, donde claramente se observa su obsesión metafísica, el autor nos relata su versión sobre del final de Ernesto Guevara, acomoda una ingeniosa historia a un mito fantástico, y en los tres relatos restantes, haciendo gala de su estilo atrapante, nos sorprende con finales tan inesperados como desconcertantes. Sin duda un autor recomendable.
Miguel Ángel Rostov.
LA CARTA
(FRAGMENTO DE MUESTRA)
Cuando dieron las cinco, Paulino Méndez pensó que, tal como solía suceder, el día se iría sin dejar el menor rastro en su alma. No es superfluo destacar que estaba habituado a la monotonía, y hasta podría decirse que la preservaba como a una joya, pero últimamente, y sin saber a ciencia cierta el motivo, se cuestionaba por dejar que la inercia propia de la rutina anestesiara sus sentidos vitales, elementales para paladear el sabor de la existencia, casi hasta invalidarlos por completo. No obstante, no tardaba demasiado en encontrar razonables subterfugios para prescindir de esa verdad que puntualizaba claramente, es decir, para creer que las justas recriminaciones que se hacía al respecto eran falsas; por lo demás, esa discordia mental se le antojaba del todo trivial, puesto que le gustaba considerarse como una persona metódica, aplomada, juiciosa, en absoluto propenso a padecer ninguna clase de irregularidad de temperamento, y es muy probable que encontrara en esos atributos el mayor atractivo de su carácter. Atribuyó tales cuestionamientos, a que hacía no menos de treinta y cinco años que ejercía como abogado, por lo que resultaba absolutamente lógico (se dijo) que experimentara cierto hastío, y se olvidó del tema como se olvida una pesadilla.Méndez había vivido unos sesenta y dos abriles; bajo, calvo; esmirriado y rígido como una estaca; de ojos mezquinos algo desdeñosos, y dotado de una nariz excesivamente repingada que le confería a su rostro un matiz bastante insolente, si tenemos en cuenta el celo que él ponía en cada detalle para mantener su estudiada imagen de hombre irreprochable.
Vivía solo en su departamento desde que se había divorciado de su mujer hacía unos veinte años; esa circunstancia no le incomodaba en absoluto, más aún, le parecía insólito cuando recordaba que en algún momento de su vida había consentido que un ser tan problemático como una mujer tuviera el derecho de inmiscuirse en sus asuntos privados, y mucho más insólito se le antojaba cuando recordaba que había accedido a dejarla hacer uso y abuso de sus rentas mensuales.
A sus vástagos los veía poco y nada; a pesar de ser su progenitor no sentía para con ellos vinculo alguno, y acaso le hubiesen provocado aversión si en cambio no le provocaran la más cruel de las indiferencias. No desconocía que no había sido precisamente el prototipo del padre perfecto, sin embargo su propio padre tampoco lo había sido con él y aún así le estaba agradecido; por lo que al fin de cuentas no tardó en convencerse de que, aun reconociendo que su conducta paternal no despertaba elogio alguno, tampoco toleraba demasiadas objeciones al respecto. Con eso a Méndez le bastaba.
Sumido en la lectura de no sé qué tipo de engorroso impedimento legal, vio como su secretaria abría intempestivamente la puerta de su despacho, y seguidamente un hombre se infiltraba detrás de ella. En el acto vio la muerte agazapada refulgiendo tras los ojos vencidos de ese hombre; casi instintivamente se incorporó de su silla. El intruso le pareció insignificante, y quizá también un tanto vulgar, (entre la suntuosa caoba e injerto en el imponente marco de su despacho, el intruso parecía un mendigo infiltrado en una fiesta de Luis XV) aunque, como le agradaba creer que él era un hombre que respetaba a todo ser humano por igual, muy bien se encargó en disimular su fastidio, y finalmente con cierta connivencia lo invitó a tomar asiento. Los dos hombres guardaron silencio, intercambiándose furtivas pero penetrantes miradas.
-Veo que ya no me reconoce; no le culpo, ni yo mismo me reconozco frente al espejo. Yo soy el hombre al que usted, actuando como fiscal, acusó de haber robado un millón de pesos al Banco. Hace ya unos meses que he salido de prisión por buena conducta, aunque en realidad sospecho que me han otorgado la libertad para ahorrarse un problema; estoy enfermo de cáncer y como usted convendrá, la muerte me espera a la vuelta de la esquina. Quiero decirle que como todo buen abogado es usted un cretino; sé perfectamente que usted no obró impelido por un afán de justicia, sino que me utilizó por el carnaval mediático que mí caso provocó; no dudo que bien ya se habrá encargado usted de sacar algún provecho de ello. Por si hace falta, déjeme decirle que yo no robé ese millón de pesos, y que usted colaboró para arruinarle la vida a un hombre. Sé que no fui el primero ni que tampoco seré el último, así como también sé que todo lo que yo le pueda decir a usted le importará un comino. Pero le aseguro que toda causa en el universo tiene su efecto, por lo que no dude que pagará por lo que me ha hecho –
– Es evidente que usted pretende que los justos paguen por los pecadores- respondió secamente Méndez, que permanecía inconmovible, sin un sólo gesto inútil.
Nuevamente hicieron silencio. El hombre parecía reflexionar, como si estuviera reagrupando y seleccionando las palabras que pensaba decirle; palabras que Méndez, fiel a su desafortunada costumbre, trataba de adivinar o anticipar con el objeto de elaborar respuestas precisas y contundentes.
– Mire, Méndez, usted no vale un enojo, así que trataré de no perderme en broncas inútiles; pero déjeme decirle que me jacto de ser psicólogo y de intuir la naturaleza de los hombres, por lo que adivino claramente que en el fondo usted no es tan malo como le gusta creer; sólo sucede que al no poder ser mejor, usted ha elegido ser de lo peor. Yo mismo he caído en este vicio tan común que jaquea al hombre actual Y quizá, como la inminencia de la muerte provoca en el ser humano una inmediata y sincera revisión de la vida, ya no le hago reproches al mundo. Infinidad de veces el destino ha puesto mi vida contra la pared, y si bien ahora me pone un pie en la tumba, puedo decir con propiedad que aunque no haya seguido mí destino, es precisamente éste el que me ha seguido a mí. No creo que usted esté en condiciones de afirmar lo mismo; detrás de su arrogante impasiblidad estoy seguro que usted sufre como un perro, sobre todo porque usted sólo sigue los mandatos de sus inclinaciones más ruines-
– Lamento su estado actual, pero nada tengo que reprocharme; todavía creo que fue usted quien robó ese millón de pesos. No trate de conmoverme con su patetismo porque le garantizo que no lo conseguirá. Tengo la aprobación de mí conciencia; sepa que ningún remordimiento aguijonea mí alma, y sin ánimo de ofenderlo, le digo que me parece que en lugar de un abogado usted debería acudir a un psiquiatra o a un confesor –
– Es usted muy elocuente, Méndez, término que sin duda lo subyuga; ¿nunca pensó en revertir el objeto que le confiere a su lucidez? Se lo recomiendo, de ese modo usted tendrá la aprobación que tan resueltamente busca, y dejará de sentirse como se siente, es decir, como un deplorable fanfarrón –
– Sinceramente, creo que usted me ve como se siente – respondió Méndez casi con desdén.
– Sí así fuera, le aseguro que debería pegarme un tiro de inmediato – afirmó el hombre, notando cierta zozobra en su voz.
– Lo que usted sugiere suena tan razonable, que me es francamente imposible oponer un argumento válido… –
– Me venció, Méndez, ahora puede estar contento. Es usted uno de esos enanos mentales que para mirar a los demás desde las alturas que su ego les exige, primero precisan cortarles la cabeza. Aquí tiene usted la mía; se la entrego como una corona. Pero ahora terminemos con esta ridícula pugna verbal; vengo a pedirle un favor –
Finalmente, luego de no pocas equivocaciones, Méndez llegó al lugar preciso. Entre esas calles infrecuentes, en ese ámbito desconocido para él, sintió que su seguridad lo abandonaba; algo que no pudo precisar lo hizo sentir vulnerable y desamparado. No obstante, se dominó y entró al prostíbulo con determinación.
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